María se sentó en la mesa de la cocina como cada mañana para tomar el desayuno. El desayuno del sábado era el que más le gustaba porque, como no tenía que ir a la escuela, disponía de mucho tiempo para disfrutarlo. Le
encantaba untar la mantequilla en las tostadas calentitas y dibujar extrañas
figuras encima, con las mermeladas de colores. Algunas tostadas le quedaban tan
bonitas que las hubiera podido colgar de la pared de la sala como si se tratasen
de cuadros de arte moderno. Pero mamá se lo había prohibido terminantemente;
por eso no le quedaba más remedio que comerse su trabajo y privar al mundo de
su obra artística.
La leche no le gustaba demasiado así que, cuando su madre la dejaba sola en la cocina, aprovechaba para lanzarse sobre el paquete de cacao y añadirle a su tazón varias cucharadas, hasta convertir la leche en una sabrosísima pasta con
sabor a chocolate. Lo que si le encantaba era el enorme vaso de zumo de kiwi que
siempre se tomaba de un solo sorbo. ¡Estaba riquísimo! Aquella mañana de sábado, como todas las mañanas de sábado, María pintaba de colores el pan de la tostada.
-El amarillito de la mantequilla para el sol. El rosa de la mermelada de fresas para las flores del campo. El anaranjado de la mermelada de naranja
para pintar las vacas que pacen en el prado y como no tengo ninguna confitura
de color verde, pintaré las hiervas de morado con la mermelada de arándano.
María aplaudía dichosa al contemplar su obra finalizada. ¡Era sublime! Un prado morado bañado por el cálido sol de primavera en el que unas vacas
naranjas tragaban alfalfa tranquilas y felices.
-¡Que gran pintora soy!- pensó la niña.
Le daba muchísima pena tener que comerse el prado morado, el sol amarillo
y las vacas naranjas. Pero ¿que otra cosa podía hacer? Eran su desayuno.